sábado, 25 de abril de 2015

Perdóname Vida, pero a veces no te soporto.

Me canso, ya me he divertido bastante, ¿cuando para este tiovivo?, como broma ya está bien.
A veces me canso de la vida, de la felicidad, de la estabilidad, a veces necesito un salto al vació, o quizás un stop, un silencio, una espera.
Quizás llevo demasiada carga, o quizás soy demasiado dedil, pero a veces, muy pocas veces me gustaría salir unos instantes del juego, porque la vida cansa, pesa como una piedra al cuello y sentimos que tenemos que coger aire y cerrar los ojos y mirar muy dentro de nosotros para buscar sosiego. A esto lo llamo yo meditar, reflexionar y poner mis cosas en orden, porque la vida corre demasiado, y todavía no te estás recuperando del dolor de un daño, cuando alguien vendrá a hacerte otro daño quizás mayor. Incluso se dice que las desgracias no vienen solas, y es que cuesta mantener la sonrisa cuando a tu alrededor hay personas que tienen como hobby hacerte sentir mal, además de las propias circunstancias del día a día que por si solas ya hacen temblar nuestros pilares, con su constante goteo de cargas.

Hay tristezas que nos acompañan toda la vida, y espinas que por más que deseemos seguirán haciéndonos una llaga en el alma, y cuando el tiempo pasa, y la edad  tranquiliza, empiezas a darte cuenta de que los sinsabores son para siempre, que la felicidad es efímera, que nada importa demasiado, y la prisa se te hace muy difícil. Cada nuevo fracaso un poco más agrio. Necesitas rendirte ante muchos imperativos, porque o te rindes o mueres, porque podemos tener, hacer, seguir... y sin embargo que mal se lleva no tener, no hacer, no seguir...
Sin embargo aunque en algún momento nos sintamos así, resulta que hay una buena noticia, y es que cada amanecer traerá algo nuevo a nuestra playa, tras la tormenta viene la calma, y el dolor crónico termina por encallecerse y un día deja de doler tanto. Pero debemos saber también que  las heridas han de tener su cura, el reposo, el pensar y buscar en nuestro interior las respuestas. Nadie sabe más de nosotros que nosotros mismos, y la formula para volver a subir al tiovivo de esta vida a veces sin sentido, caótica  y malformada, solo la podemos encontrar en nuestro interior.

Puede parecer un idealismo oriental inútil pero la meditación me salva a diario de mi propia ineptitud ante la vida. Hace años, decía ser una persona visceral, que actuaba según mis instintos, y lo decía con el convencimiento de que no necesitaba cambiar. Quizás yo estaba en el extremo de la inconsciencia, pero ahora que he aprendido que no es bueno vivir a empujones, me gustaría invitar a todos a esta forma de realizarse en la vida, la reflexión, la meditación.

Pero meditar no es darle vueltas a una idea de forma repetitiva y compulsiva, sin dar nuestro brazo a torcer, así solo conseguimos un gran dolor de cabeza y un mal estar general, que en nada ayudará a sobrellevar nuestra estancia en el mundo. Meditar es dejar fluir la mente hacia donde quiera ir, con la sola indicación de que busquemos nuestro bienestar, dejar que nuestros sentimientos hablen más allá de convencimientos y raciocinios culturales, encontrar el verdadero sentido de nuestra existencia cada día, incansablemente, nuestro orden emocional debe ser como el de un armario, no debemos dejar cosas sin resolver, y si hemos de actuar con respecto a algo, tener la entereza de enfrentarnos a nuestros miedos, porque cuanto más duro es hacer algo, más lo valoramos y mejor resultado da. 
Sentarse frente a la televisión, escurriendo el bulto, pasarse horas haciendo mil actividades, con tal de no quedarnos con nosotros mismos, a arreglar nuestro cansancio espiritual, nos terminará creando más problemas. Preferimos seguir tirando de los arreos sin ni siquiera saber para que estamos arando nuestra tierra, por no mirar en lo más oscuro de nuestro ser y reconocer nuestros errores, nuestros defectos, que parte de culpa tenemos en lo que nos agota, hay alguna carga que pueda sobrellevar de otra manera?.

Yo me canso, y aunque nadie lo reconozca, sé que todos vamos cansados, que todos necesitamos una mano que nos ayude, y que muchas veces esa mano no esta. Probablemente unas vacaciones de el Caribe nos harían un gran bien, en efecto, pero a falta de otros recursos, un tiempo para nosotros, un espacio agradable, una música muy relajante, y un deseo de bienestar son suficientes para coger más fuerzas, más ganas de volver a subir a esta Montaña Rusa, que llamamos Vida, y de la que no nos bajaremos hasta que el viaje haya terminado de verdad y para siempre.