jueves, 19 de noviembre de 2015

GABRIEL. la Historia de un Trovador..(Narrativa)



Gabriel iba cada sábado con sus padres a la reunión de las casas nobles en palacio.

Era una joven doncella muy tímida y acomplejada, de largo pelo rojizo, que adoraba ir a ese acontecimiento, porque mientras  los representantes estaban reunidos, todos  los jóvenes se quedaban en un salón charlando y jugando y a ella le encantaba estar acompañada de aquel grupo tan divertido.

Muchas veces una profesora enseñaba a los adolescentes a bailar el Rondeau y la Ballade, danzas que luego habrían de ejecutar en la fiesta que sucedía a la reunión. A Gabriel le encantaba bailar, pero había algo que le apasionaba más, y que le hacía no faltar ningún Sábado por enferma que estuviera... Elicel, un muchacho dos años más joven que ella, del que se sentía totalmente prendada.

A sus dieciocho hermosos años Gabriel se había enamorado de un delgadito joven de dieciséis. Se sentía  grotesca y torpe a su lado, porque Elicel era un bailarín maravilloso, ágil y seguro de cada paso.

Cuando la maestra indicaba el comienzo de la pieza las parejas se iban colocando, todos se preparaban, el salón brillaba con las grandes lámparas y los preciosos adornos de flores. El pequeño dueto de trovadores comenzaba a tocar una preciosa melodía y todo se transformaba.

 Gabriel se colocaba con algún  joven que le tendía la mano invitándola, y comenzaba a bailar, entusiasmada en los pasos movía los pies con soltura, adoraba bailar, se movía hacia un lado y otro cogida de las manos de su compañero, giraba y giraba, con los violines sonando alegremente y su vestido volaba..

La música seguía sonando y las parejas iban cambiando. En un juego de movimientos grupales se iba acercando poco a poco al  sitio en el que estaba Elicel, llegaba el turno en el que podría bailar con él, - Al siguiente cambio estaremos juntos- Pensaba mientras disfrutaba de aquel mágico momento.

Cuando al fin se vio frente a él sintió que el corazón se le salía por la boca, respiró hondo y cerró los ojos, le cogió de las manos y se dejó llevar, junto a él sentía la felicidad más plena que jamás nadie pueda sentir, bailar con él era como dejarse llevar por las olas suaves, era un instante detenido en el tiempo que grababa en su memoria como alimento para esperar hasta su próximo encuentro, el próximo sábado...

Sólo su recuerdo le hacía sentir que su vida tenía sentido. Era el amor más puro el que latía en el corazón de aquella pelirroja incapaz de declarar en voz alta sus sentimientos, casi adolescente aún.

Y ella amaba a Elicel aunque su amor no era correspondido, jamás podría estar junto a aquel joven. Elicel tenía su unión ya apalabrada con una de las hijas de un Alférez Mayor, una bella joven de su misma edad. El matrimonio sucedería cuando los niños cumplieran los dieciocho años. Cuchicheaban además las otras muchachas de la clase que se sentía muy feliz porque gracias a aquel compromiso podría entrar en la academia de caballería, y llegar a ser un soldado al servicio del Rey y de Dios.

 Él nunca lo sabría, nunca sospecharía que aquella muchacha temblaba entre sus brazos, Gabriel sabía que jamás sería cortejada por él y nunca sería para ella, aun así se conformaba y se sentía feliz con pasar aquellas horas cada semana.

Sin importarle nada continuó acudiendo cada sábado incansablemente, y el tiempo fue pasando. El enclenque muchacho se fue convirtiendo en un apuesto joven que se tomaba la clase casi a broma esperando y ansiando el día en que pudiera entrar con su padre a reunirse con todos los miembros de la corte. Pronto cumpliría los dieciocho y marcharía al frente, pero antes convertiría a su prometida en esposa como habían pactado las familias.

Gabriel seguía acudiendo a aquellas clases aunque su lugar estaba ya en otra sala donde se reunían las mujeres, pero ella convencía a su madre para estar allí con Elicel, entre risas y giros al compás de aquellos viejos cantares. Cuando bailaban juntos sentía que no había nadie más en el mundo, y aunque supiera que para él ella no existía, seguía entregando el alma en cada paso a compás que daba junto a su amado, sabía que pronto llegaría el día en que marcharía y puede que jamás volviera a verlo, pero eso no le robaba ni un instante de tocar sus manos y mirarle a los ojos.

El día de la boda de Elicel, Gabriel estaba resplandeciente, se había convertido en una mujer muy hermosa que estaba dando quebraderos de cabeza a su padre al negarse a contraer matrimonio. Miraba cómo su amado se unía para siempre a otra joven que le daría hijos y con la que compartiría lecho. Pero Gabriel no parecía triste.

En la fiesta nupcial, los novios bailaron, los bufones hicieron malabares, la comida y la bebida corrían por el salón. Gabriel esperó pacientemente hasta que empezaran los bailes y se dispuso a bailar con un joven apuesto que la había pedido. Comenzó el Rondeau y todos se movían al unisono, dentro de un corro los chicos giraban alrededor de las chicas hasta que frente a ella tocó en su turno el propio novio con sus mejores galas. Gabriel se sintió feliz de bailar de nuevo con su compañero de juegos, pero a medida que se miraba en sus ojos y comprendía que lo había perdido para siempre se fue paralizando hasta que salió corriendo del salón y se marchó a su habitación.

Después de aquello Gabriel no quiso volver a ninguna otra festividad y pidió a su padre permiso para ingresar en un convento como Sierva del Señor, donde se instruiría en letras y filosofía y algo de ciencias, medicina para curar enfermos y  dedicaría su vida a la voluntad de Dios.

Elicel  marchó a la guerra y estuvo luchando en el asedio de los escandinavos durante dos años, consiguió medallas de honor y méritos por sus batallas. En sus pequeños descansos en palacio había concebido una preciosa niña que era el centro de todas sus atenciones, y era feliz junto a su esposa, aunque tuviera que volver siempre irremediablemente al frente a llevar las tropas del Rey más allá de las líneas enemigas.

Pasaron años hasta que un día el ya Comandante Elicel fue herido en una de las batallas, pudo ser recogido por algunos de sus soldados y consiguió llegar vivo hasta un Monasterio donde los monjes intentaron paliar su dolor y cortar la sangre, pero no sabían cómo impedir que el tajo de carne abierta se empezara a ulcerar. Un mensajero salió pidiendo auxilio, pero el viaje era de dos días y no sabía si encontraría ayuda. Hasta la corte llegó también la noticia de que el Comandante Elicel estaba herido, su esposa se sintió morir, se puso un velo y rezó durante horas en la capilla del Castillo.

A los tres días Elicel estaba muriendo casi, tenía mucha fiebre y la herida estaba oscura y olía mal. Llegaron dos caballos y de él bajaron dos personas bajo unas capuchas grises. Una esperó en la entrada y la otra pasó enseguida a la habitación del herido con un maletín en la mano y un rosario en la otra. Cuando estuvo frente a Elicel soltó los bultos y se bajó la capucha. Era Gabriel, algo mayor y pálida, y demasiado delgada, pero con una sonrisa en los labios que hizo creer al Comandante que había muerto y estaba viendo un ángel.

- Hola viejo amigo..
- Gabriel.., ¿sois vos?, ¿venís a ayudarme?
- Si señor Comandante, voy a salvarle la vida, y usted me va a ayudar, porque no será fácil. Su pierna está muy mal..., y tengo que amputarla.

Mientras decía estás palabras Sor Celisia que así se llamaba ahora lloraba con lágrimas de amargura secando sus ojos con las manos.

-¿Porque lloráis hermana?- le preguntó Elicel - ¿Es que acaso voy a morir?
-No Comandante, viviréis, y seréis feliz con vuestra hija y vuestra esposa, y podréis recoger el mérito y el honor que os corresponden de todas vuestras hazañas, pero...
-Sólo es una pierna Gabriel. No tengáis miedo.
-Nunca volveréis a andar, nunca volveréis a danzar.
-No volvería a danzar aunque tuviera mis dos piernas. Mis preocupaciones están ya muy lejos de aquellos juegos de niños. De aquellas tardes con vos entre mis brazos con las mejillas sonrojadas y los pasos cambiados. Es curioso hermana,  a veces el amor está en una linde de nuestro camino y no alcanzamos a tomarlo por temores y compromisos, pero os prometo que vos fuisteis mi bailarina y maestra, vuestra constancia me dio fuerza y vuestro silencio inspiro el mío. Perdonad mi vanidosa ambición, salvadme la vida os lo suplico y guardadme en vuestro corazón.
-Así lo haré Comandante Elicel..., así lo haré.

Durante diez días la hermana Celisia estuvo cuidando al enfermo, vigilando sus curas, con ungüentos, dándole remedios y caldos de gallina, y al fin consiguió que mejorara, hasta que un día se marchó, no dijo nada a nadie, avisó al hermano mayor y salió a caballo recién salido el sol.

Cuando el Comandante Elicel volvió al palacio su familia lo esperaba en el patio principal del castillo. Cuando salía con unas muletas del carruaje su hija salió corriendo hacia él. La niña con una larga cabellera roja  se abrazó a las piernas de su padre mientras gritaba...

- ¡Padre! ¡ya estáis aquí Padre!, ¿donde está vuestra pierna?  ¿podréis bailar de nuevo conmigo?.
-Claro que podremos, mi pequeña Gabriel, tendré que aprender a bailar con un pie, pero seguro que podremos, Gabriel , juntos podremos...