sábado, 1 de julio de 2017

EL REY (Cuentos para pensar)






Erase una vez un Rey bueno y bondadoso que vivía en un pequeño reino donde todo era paz y cordialidad. Aquel rey no tenía grandes riquezas, es más, todo sus esfuerzos eran para conseguir que sus súbditos tuvieran siempre todo lo que necesitaran y fueran todo lo felices que pudieran ser. Lo único que el rey se reservaba como suyo y de lo que se sentía tremendamente orgulloso era de su gran y hermoso castillo y de su hijo,  único heredero, al que adoraba y cuidaba con el amor más grande que un padre puede tener.

El rey había cuidado a su hijo solo, ya que su esposa falleció en el parto y haciendo el papel de madre y padre a la vez había hecho de aquel muchacho de carácter algo débil, un joven tan bueno y bondadoso como él, y tenía la confianza de que algún día gobernaría su reino con el mismo amor y dedicación que él lo había hecho.

Un día llegó al reino en un precioso carruaje una mujer vestida con caros ropajes aunque algo burda. A todas vistas aquella señora poseía títulos y riquezas. Sin explicar demasiado pidió hablar con el monarca urgentemente aludiendo necesidad de resolver un asunto de vital importancia.

Enseguida el rey la recibió, y ofreciéndole su mejor hospitalidad esperó a saber el motivo que tanto angustiaba a dicha dama.
Allí justo ante sus propios ojos aquella mujer confesó que era la hermana de su esposa fallecida, y que sabiendo cercana la mayoría de edad de su sobrino y heredero venía a exigir como suyo todo aquello que alguna vez perteneció a su hermana, Quería pues quedarse con el castillo y además convertirse en la tutora y consejera del príncipe, lo cual le daría, un gran poder sobre el futuro de aquel reino, además de todas las riquezas que según ella le pertenecían tras el fallecimiento de su hermana, la reina.

-Pero no puede ser- Le decía el rey. - Claro es que tenéis derecho a gran parte del castillo y claro está que por ser la tía del heredero podéis también participar en su tutela y educación, pero éste es mi castillo y éste es mi hijo y jamás os lo entregaré pues es lo único que tengo. Y si lo que buscáis es riquezas os aseguro que no soy más rico que cualquiera de los campesinos que cultivan éstas tierras, porque mi riqueza está en la felicidad de los que viven en mi reino y bajo mi protección.

Pero la mujer no parecía sentir ninguna compasión por él, no le importaba arrebatarle lo único que de verdad importaba para aquel rey y sin ningún remordimiento le aseguró que traería una gran ejercito y emprendería una gran guerra, que haría que su pueblo muriera intentando defenderse, que conseguiría que todo su reíno quedara reducido a las cenizas, para terminar tomando posesión del castillo, haciéndose cargo de de la tutela del príncipe e incluso ejecutando al Monarca delante de todos si continuaba con su obstinación de no entregarle lo que consideraba suyo.

El rey quedó totalmente consternado. ¿Que podía hacer?, de repente todo su mundo se veía en peligro. Si no atendía las exigencias de la mujer su pueblo sería devastado, sus hombres que nunca fueron guerreros, si no campesinos y comerciantes, morirían intentando defender algo que sólo a él dolía perder, y si le entregaba lo que ella quería tendría que abandonar su castillo y su reino y no volvería a ver a su hijo, pero no era sólo éso lo que le hacía enloquecer de dolor, el sólo hecho de pensar que aquella horrible mujer iba a forjar la personalidad de su hijo y futuro rey le hacía morir en vida, pues tenía por seguro que lo convertiría en un hombre cruel sin escrúpulos y un rey tirano.

La mujer le había dado una fecha límite para tomar una decisión al respecto. Durante días el rey atormentado pensaba y pensaba, intentando tomar una decisión. A ratos la ira de apoderaba de él y se imaginaba encabezando un improvisado ejercito defendiendo sus tierras, ¡aunque perdiera la vida en ello! pero claro...en ese caso ella habría ganado. En otros momentos el miedo le hacía verse cediéndole la corona, el castillo y a su pobre hijo, aunque tomar dicha decisión le haría tan desgraciado que sabía que no sobreviviría tampoco y así...también ganaba ella.

Un día mientras paseaba por el campo se encontró con una anciana que sentada en una piedra recogía afanosamente trigo y lo metía en un gran saco. El rey se sentó junto a la anciana y empezó a ayudarle a recoger el trigo. La anciana que desconocía que se trataba de su rey, le dio las gracias sin muchas celebraciones pero algo sorprendida por sus buenos ropajes no pudo evitar preguntar.

-¿Que hace un señor como vos ayudando a una vieja anciana...?,¿no tenéis acaso cosas más importantes que hacer y decisiones más importantes que tomar allá de donde seáis?. A la vista está que sois noble y no campesino...
El rey tan triste y destrozado ya por la inminente desgracia que le esperaba comenzó a llorar, y desesperado le contó a la anciana todo lo que le estaba ocurriendo, y cómo se mortificaba pensando que hiciera lo que hiciera lo perdería todo.

La mujer lo miró largo rato con gesto contrahecho. Después tomó su saco a medio llenar de trigo y le dijo:

-No sé el porqué de vuestro sufrimiento majestad, a mi entender la solución es bien sencilla.

El rey se le quedó mirando perplejo, aquella anciana estaba loca o no había entendido nada de lo que le había explicado...

-Dadle todo lo que quiere majestad...pero todo. Dadle vuestro castillo, vuestro título de rey y vuestro pueblo.

-¡Pero anciana! Si eso es justo lo que más temo en el mundo perderlo todo.
-Os aseguro que no perderéis absolutamente nada...confiad en mí Majestad, dadle todo lo que os pida, marchad lejos y esperad...os prometo que no sólo no lo perderéis si no que algún día daréis las gracias a ésa mujer por haberos hecho pasar por éste trance.

Como de cualquier manera el rey no encontraba ninguna solución decidió hacer caso a la anciana. Así cuando llegó el día estimado el rey entregó la corona a la hermana de su amada esposa, abandonó su castillo y a su hijo y marchó a tierras lejanas.

La ahora reina se sentía triunfadora y poderosa, en su nuevo trono y embriagada por la victoria empezó a pedir al pueblo tributos, contrató un ejercito y obligó a campesinos y comerciantes a que llenaran sus arcas, dejándolos sin recursos y en la miseria. Por otra parte al príncipe lo instruyó como guerrero esperando su mayoría de edad para enviarlo al frente a conquistar nuevas tierras que a su vez llenaran más aun sus arcas y su poder.

Tanto el pueblo como el príncipe estaban sumidos en una profunda tristeza, hasta que un día llegó la noticia de que el rey estaba muy enfermo y a falta de un día para cumplir la mayoría de edad el príncipe decidió abandonar el reino, renunciar a la corona e ir en busca de su padre. Al ver que el príncipe marchaba muchos de sus compañeros decidieron acompañarle, y según pasaban por los caminos, muchos campesinos y comerciantes que sabían también de la situación del rey decidieron unirse a la expedición y acompañar al príncipe en busca de su antiguo y amado rey.

Poco a poco los caminos se llenaron de gente que iban a ver al monarca,  todos los que una vez amaron a aquel buen rey fueron sumándose en su busca. En verdad no dejaban nada atrás, allí ya no podían seguir, con tantos impuestos estaban condenados a morir en la miseria, así los campos quedaron huérfanos, los mercados cerrados y el reino abandonado se quedó sin un pueblo al que reinar.

Aquella extraña expedición estuvo un año entero buscando en todos los pueblos, ciudades y reinos que encontraban a su paso, durante ese tiempo el príncipe se ocupó de guiar a su pueblo, aprendió de los sabios técnicas para curar a los enfermos, de los tenderos la mejor forma de comerciar con beneficio y repartir las ganancias, y de los campesinos a recolectar y cazar para que nunca le faltaran víveres en su largo camino. Formó a los hombres más fuertes para que supieran defenderles de los ladrones que abundaban por los caminos y se convirtió en un líder fuerte y compasivo.

Al cabo de un año llegaron a una muy pequeña aldea. Con la esperanza casi perdida el príncipe preguntó a una anciana si sabía del paradero de un rey, a lo que la anciana contestó que allí solo había un viejo sabio enfermo que esperaba desde hacía mucho el día de volver a casa. En seguida el príncipe entendió que se trataba de su padre. Con todo su cariño y paciencia lo cuidó y logró que se curara, también animó a que los mercaderes establecieran allí un precioso mercado, y con el dinero que habían conseguido los campesinos compraron algunas tierras y  se encargaron de cultivarlas. Construyeron casas y en poco tiempo aquella pequeña aldea se convirtió en un lugar lleno de vida, de gentes con buen corazón tan agradecidas al príncipe y a su padre que decidieron asentarse allí y seguirles con lealtad, tomándolo nuevamente como su rey...aun sin reino.

En su gran castillo, la reina cruel se había quedado sola. Los recaudadores dejaron de traer tributos pues no había nadie a quien requerirselos. Se agotaron los suministros, no había comida, su ejercito se había convertido en una panda de borrachos y ladrones, los sirvientes también la abandonaron y su oro no servía para contratar a nadie, puesto que nadie quería servir a una reina tan ruin y despiadada. Poco a poco su propio odio y egoísmo la empezaron a enfermar y en pocos meses se vio en cama debatiéndose entre la vida y la muerte. 

Un día llegó hasta el abandonado castillo un humilde carruaje del que bajaron dos personas, la anciana y el rey. Ya sin guardias que la protegieran éste llegó sin problema hasta la habitación donde la reina esperaba su fin. Cuando pudieron mirarse cara a cara, el rey se dio cuenta del terrible dolor que más en su alma que en su cuerpo estaba matando a la reina.

-¿Has venido a verme morir rey bondadoso?
- He venido a darte las gracias....mi reina.
-¿Las gracias? ¿Es que acaso no te hice suficiente daño?
-Quisiste quitarme todo lo que tengo, y durante mucho tiempo estaba seguro de que lo habías conseguido. Pero resulta que lo que tenía yo no era mío...lo que más amaba en la vida siempre estuvo conmigo. No eran las piedras de mi castillo, si no las personas que las pusieron, no eran mis tierras si no los campesinos que las trabajaron, no era el príncipe y mi futuro heredero...si no simplemente...mi hijo. Y nada de eso podías quitarme porque esas cosas nunca me pertenecieron.

-¿Y entonces... porqué las gracias? ¿No os parece cruel reíros de mi?

Entonces el rey se sentó en la cama y cogiendo la mano de la reina dijo:

-Perdonadme, jamás haría algo parecido...Las gracias son porque enseñaste a mi pueblo a ser libre.  Porque hiciste que mi hijo se hiciera más fuerte y supiera llevar y proteger a los demás con su corazón y sus manos y por hacerme entender que el hogar y el amor están dentro de nosotros mismos y si amamos, nuestro hogar estará allá donde lo llevemos y quienes amamos vivirán en él...
La reina se derrumbó entonces en la realidad de su propia miseria...

- Y tan bondadoso sois que vais a perdonarme...
- Majestad...Sois vos la que habéis de perdonaros, no fue a mí a quien hicisteis daño mi reina....miraros, es a vos a quien habéis perdido, matado... y olvidado...

FIN